Estoy adorando escribir en este blogcito. Aaaaaah que liberación. Hablar de libros, de letras, de esas cositas que nos hacen felices .. o infelices... como recordé recién. Bach. El apellido podría evocarme tan lindas sensaciones si no fuera porque también lo relaciono con Richard Bach. El autor de Juan Salvador Gaviota. En mis referentes sería mejor no acordarme ni plasmar que leí alguna vez esta novela pero fue la primera vez que me sorprendió mi límite de tolerancia hacia ciertos textos. No porque sea elitista, mamona, caprichosa (si si ... a veces lo soy pero.... mis gustos son mis gustos) sino porque de plano, hay cierta evocación de carácter que no soporté en el librito.
La anécdota en este caso se remonta a mi tierna y sweet edad de ...12 o 13. Estaba en un colegio donde exigían (en el taller de taquimecanografía) que cargaras con tu propia máquina de escribir. En una de esas semanas intensas y lindas donde el sol brilla y los maestros más, la nena nos solicitó intercambiar libros para que la destreza corriera en nuestros dedos como tinta de bolígrafo en el papel cebolla. Y así se dió. Mi primer intercambio fue raro.. recuerdo haber dado las alas rotas de Jalil Gibrán.. aquélla novela por la que derramé lagrimas de sangre a los 10 y mi primera compañera torturada por mí, la niña G me dio un libro con diálogos de caricatura para que yo leyera y releyera hasta hacer un resumen. Un libro sobre .... ¿depresión? ¿trabajo? ¿sindicatos?.. ya ni recuerdo. Lo único perdurable en mi hosca memoria fueron esos globos en diálogo, la dificultad para resumir lo irresumible porque en cada página solo habían cinco de esos globitos con expresiones tan difíciles como una suma de primaria y porque el tema era tan aburrido que no pude evitar pensar que prefería derramar lágrimas de sangre con mis alas rotas que mecanografiar frustraciones. La superé.
Me enseñó a decir: ¡NO!
El segundo intercambio se dio con una chica de nombre H. la cuál me dio un hermoso libro azul con una gaviota grabada en la portada .. “Juan Salvador Gaviota” decía ... intrigada quedé porque al abrir el librito carecía de dibujos enormes y de globitos con diálogo como el que mi compañera G. había intercambiado con su servidora. Por lo tanto, esperé con muchas ansias que este librito de H. fuese un juego mucho más interesante y productivo. En aquellos años mucho me entusiasmaba.. y como siempre he sido una cursi de primera, imaginé que el pájaro pudiera ser una linda metáfora de mi libertad prometedora. Y entonces, al abrirlo empecé a leer, a leer, a le... le... er... todo en ese orden. Aburriéndome como ostra, imaginándome los sosos diálogos de juan encerrados en un globito, en un vasto cielo azul.. despreciado por las demás gaviotas tontas y superficiales. No lo soporté. Así como tampoco soporté el primer librito frustrante lleno de dibujos y diálogos idiotas. Y no es que Juan fuese un idiota propiamente, al contrario.. rebosaba tanta profundidad y tanta enseñanza directa que se me hizo abrumadoramente soso. Temblé, cerré el libro y meditando sobre el encanto de ser uno mismo, de no dejarse llevar por las presiones, por abrazar la profundidad y aplaudirle a la autenticidad me prometí a mi misma jamás releerlo por salud mental. Y así ha sido ... lastimosamente aquél libro me condicionó a tal forma que no puedo pasar por una librería, observar casualmente al pajarito sin que me duela la cabeza. Bach. Azul. Gaviota. El pecado , la libertad de elección. Ahora que lo relaciono quizá cumplió con su cometido y me convirtió, o más bien, afianzó mi sentido de vida y por supuesto al maravilloso decir No gracias, contigo no.
Nunca encontré un intercambio lindo, por cierto.





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